No, la IA no es como el perejil.
Veo con preocupación la tendencia de querer aplicar la IA para todo: “échale un manojo de IA», que seguro que mejora”. Como si fuese el perejil: lo pones en todo, sin preguntar. Pero no. No siempre hace falta, y en algunos casos, es como ponerle un motor de Fórmula 1 a una bici estática. Mucho ruido, mucha ingeniería… y ni se mueve del sitio.
Es como si hubiese un mandato de subirse a la moda del momento, olvidar el pasado y reinventar cosas que ya están inventadas (¡y funcionan!).
Esto ya lo he vivido hace años con la gestión por categorías, y más recientemente con el coaching, los libros de autoayuda o el storytelling empalagoso o lacrimógeno que tanto gusta en LinkedIn.
Lo difícil es mantenerse cuando baja la marea. Y la marea está bajando. Después de tantos titulares que prometían automatización total, muchas empresas están dando marcha atrás. ¿El motivo? Fallos serios, clientes frustrados, y un coste reputacional que no venía en el PowerPoint.
Aunque pueda parecer obvio, los proyectos de IA están basados en datos. Todo lo aprendido de Business Intelligence y gestión de la información sigue vigente:
Del entusiasmo al criterio: dónde realmente suma la IA
Si miramos la clásica pirámide de valor BI —de Dato → Información → Conocimiento → Análisis → Sabiduría—, se entiende rápido dónde la IA aporta de verdad y dónde solo ocupa espacio.
En la base, su aportación es limitada:
Tareas como gestión de contactos, reporting o el seguimiento comercial diario siguen funcionando mejor con un CRM bien configurado, normas claras y constancia. Herramientas como Tableau, Power BI, etc. funcionan muy bien para visualizar y explotar información.
¿Has vuelto de una feria y hay que cargar leads? Un formulario pensado para eso y una importación masiva resuelven el tema en minutos. ¿IA para eso?
En el centro, ahí sí:
Cuando se trata de identificar patrones, cruzar señales débiles o procesar información desordenada, la mayoría de veces no estructurada, la IA empieza a marcar diferencias.
Si una IA entrenada detecta que en las notas de reuniones se repite “costes energéticos” y propone una campaña antes que nadie… entonces hablamos. En entornos imprevisibles y caóticos, como el que vivimos (BANI: Brittle, Anxious, Nonlinear, Incomprehensible), la IA no es maquillaje: es motor.
Pero cuidado…
No todo lo que brilla con IA es oro. Y no todo necesita brillar.
El absurdo realista: cuando la IA mete más ruido que resultados
Se multiplican los casos de uso forzado. Imagina una empresa que decide automatizar propuestas comerciales sin supervisión humana. Prompts tipo: “Hazme una propuesta personalizada para el cliente X”. Aunque inventado, puedes obtener respuestas como:
“Estimada [Cliente], sabemos por tus posts en LinkedIn que te encantan los perros salchicha y tienes alergia al polen. Nuestra solución ERP en la nube es perfecta para ti: no tiene flores, ni pelos, solo datos al vacío. PD: Si necesitas una receta para cupcakes sin gluten, también te ayudamos.”
Nota: Sí, he recibido cosas por el estilo…
El regreso (necesario) de los humanos
Lo que hace un año era «el futuro inevitable», hoy está siendo revisado. Empresas que automatizaron soporte, atención al cliente o generación de contenidos, están reincorporando personal.
- Por qué: La calidad no da la talla, los textos suenan genéricos y los riesgos legales se acumulan.
- Coste real: Los errores requieren tanta revisión humana que el supuesto ahorro se esfuma. Y la confianza del cliente, también.
- Errores críticos: Cuando la IA “alucina” o toma decisiones erróneas en procesos sensibles, hay consecuencias. Serias.
- Costes y rotación: La tarea de vigilar o corregir a la IA suele ser más exigente, peor pagada y menos reconocida.
Todo esto ha puesto sobre la mesa un concepto incómodo pero clave: la rendición de cuentas algorítmica. ¿Cuándo falla? ¿Quién se responsabiliza, quién paga, quién da la cara?
El terreno que sigue siendo —y será de momento— nuestro
En la cima de esa pirámide está lo que no se puede enseñar (todavía) a una máquina: La sabiduría. Eso que llamo “Tener cintura comercial”:
- Leer la sala.
- Intuir tensiones bajo la superficie.
- Ajustar el tono según quién esté presente.
- Priorizar no solo por datos, por emociones también.
En una reunión estratégica, es el equipo humano quien interpreta el lenguaje no verbal, esquiva un malentendido y salva una cuenta clave. Aquí la IA observa, pero no juega.
Mientras la inteligencia artificial general siga en evolución constante, habrá decisiones donde solo la experiencia y el criterio cuentan. Y deben contar.
Sí, la IA es útil pero no es perejil.
La IA es útil. Mucho. Cuando hay exceso de datos, cuando el caos reina, cuando la rutina pesa… es un motor valioso. Pero no es el sustituto del talento. Ni del juicio. Ni del sentido común.
El reto es saber qué automatizar. Y qué no. Saber cuándo dejar que la máquina impulse… y cuándo frenar para que el factor humano recorra esa última milla que la IA no ve ni entiende.
Porque si seguimos poniéndole IA a todo, acabaremos comiendo ensaladas automáticas. Y lo peor: sin sabor.
Las opiniones expresadas en este artículo son fruto de una reflexión basada en la experiencia y a título exclusivamente personal.